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La reforma

  • 23 ene 2015
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 1 jul 2021

Varias fueron las tentativas hechas para efectuar una reforma. Los juristas eclesiásticos eruditos

intentaron efectuarla en el siglo XV, los humanistas cristianos habían hecho su tentativa predicando la renovación moral y la aplicación de las leyes eclesiásticas existentes para castigar a los transgresores eclesiásticos. Erasmo había expuesto al ridículo la vida religiosa relajada de la época y denunció su judaísmo y paganismo. En Cambio Lutero fue la personificación de la piedad personal. Todos hablaban de su sensibilidad a toda clase de impresiones religiosas durante su juventud. Mientras estuvo internado en el convento, ya fuera antes o después de haberse librado de las congojas de su alma, sus compañeros lo consideraban como modelo de piedad. Más tarde, cuando se destacó como reformador, llegó a tener tanto poder sobre el corazón de hombres de toda suerte y rango, porque se le reconocía como hombre enteramente piadoso.


Martín Lutero nació el 10 de noviembre de 1483, en Eisleben, y pasó su niñez en la pequeña

ciudad minera de Mansfeld. Su padre, Juan Lutero, había vivido en Möhra un pequeño distrito

de aldeanos que se halla en el rincón noreste del bosque de Turingia y su madre, Margarita

Ziegler, provenía de una familia burguesa de Eisenach. Era costumbre entre los aldeanos de

Turingia que sólo uno de los hijos, y generalmente el menor, heredara la casa paterna y la

huerta. Todos los otros eran enviados, uno a uno, provistos con una pequeña cantidad de

dinero de la caja fuerte de la familia, a abrirse paso en el mundo. Cuando muchacho Lutero asistió a la escuela rural de Mansfeld y soportó las crueldades de los pedagogos inmisericordes. Lo enviaron durante un año, en 1497, a una escuela de los Hermanos de la Vida Común en Magdeburgo. De allí fue a la escuela de San Jorge en Eisenach donde permaneció durante tres años. Era un "estudiante pobre"', lo que equivale a decir, un muchacho que recibía alojamiento y educación gratis, y que estaba obligado a cantar en el coro de la iglesia y se le permitía cantar en las calles para mendigar el pan Lutero ingresó en 1505 un convento de los eremitas agustinos, quizá la orden monástica más apreciada por la gente común de Alemania durante las primeras décadas del siglo XVI Lutero no había ingresado al convento para estudiar teología; él entró para salvar su alma. Pero en su gran búsqueda -de cómo salvar su alma, cómo

alcanzar el sentido del perdón de Dios-, le sirvieron más de estorbo que de ayuda. Sus Maestros podrían ser eremitas agustinos pero no tenían ni el más mínimo conocimiento de la teología experimental de Agustín. Pertenecían a la escuela más pelagianizante del

escolasticismo medieval; y su última palabra siempre era que el hombre debía obrar su propia

salvación. Y Lutero trató de lograrlo en la forma más aprobada de fines del Medioevo, por el

ascetismo más estricto. Ayunaba y se flagelaba; practicaba todas las formas ordinarias de

maceración e inventaba otras nuevas; pero todo inútilmente

En los albores del siglo (XVI), Federico el Sabio, elector de Sajonia y cabeza de la rama Ernestina de su casa, había resuelto establecer una universidad en sus dominios. La universidad estaba pobremente dotada.

La ciudad de Witemberg se parecía más a una gran aldea que a la capital de un principado. En 1513 sólo contaba con tres mil habitantes y trescientas cincuenta y seis casas que pagaban impuestos

Lutero y otro grupo de hermanos monjes fueron enviados de Erfurt al Convento de Witemberg. Allí se lo estableció para que enseñara la dialéctica y física de Aristóteles -- tarea que no era de su agrado, pero ignoramos si fue a los monjes del convento o en la universidad. Staupitz lo estimuló constantemente para que estudiara teología a fin de poder enseñarla. Fue entonces cuando Lutero comenzó el estudio sistemático de Agustín. También empezó a predicar.

El mandato de ir a Roma por asuntos de su orden, en el otoño de 1511, interrumpió su trabajo. El hecho de haber sido escogido era un gran honor y así lo estimó Lutero; pero podemos preguntar si para él no significó más el hecho de visitar la ciudad santa como un peregrino devoto, y tener la oportunidad de aprovechar los privilegios espirituales, que él creía que podría encontrar en Roma. Cuando llegó al final de su viaje y divisó por primera vez la ciudad, alzando en éxtasis las manos al cielo, exclamó: "Te saludo, santa Roma, tres veces santa por la sangre de los mártires".

Cuando terminó su misión oficial se dedicó a visitar la ciudad santa con la devoción de un peregrino. Recorrió todos los santuarios famosos, especialmente aquellos que tenían anejas indulgencias. Escuchó reverentemente cuantos relatos le hicieron acerca de las re1iquias que se exhibían a los peregrinos, y creyó todos los cuentos que le contaron; pensó que si sus padres hubieran muerto, podía asegurarles la salvación eterna sin pasar por el purgatorio, celebrando misas en capillas determinadas. Sólo una vez, se dice, su alma demostró rebelarse. Ascendía lentamente sobre sus rodillas la Scala Santa (en realidad una escalera medieval), que según se decía era la escalinata por la que se subía a la casa de Pilato en Jerusalén, y que en cierta ocasión hollaron los pies de nuestro Señor; cuando, estando a mitad de camino le vino a la mente El justo por su fe vivirá; se incorporó y descendió lentamente. Vio, como millares de

peregrinos alemanes piadosos lo habían visto antes de su época, la corrupción moral que

deshonraba a la ciudad santa -- sacerdotes que se burlaban descaradamente de los misterios sagrados que celebraban, y a los príncipes de la Iglesia que vivían abiertamente en pecado. Él vio y sintió repugnancia por la degradación moral y las escenas quedaron impresas en su memoria; pero la educación recibida en su hogar y en el claustro lo capacitaron

momentáneamente a pesar de la repulsión, para poder gozarse en los recuerdos de los

antiguos mártires heroicos y contemplar sus reliquias corno si fueran depósitos de la gracia divina. En días posteriores el recuerdo de los vicios de la corte romana fue lo que le ayudó a endurecer su corazón contra el sentimiento que rodeaba a la ciudad santa.

Cuando Lutero regresó a Witemberg a comienzos del verano de 1512, su vicario general lo envió a Erfurt para que completara su instrucción a fin de recibir el doctorado en teología. Se graduó de doctor en Sagrada Escritura, prestó el juramento doctoral de Witemberg de defender la verdad evangélica enérgicamente

Al llegar el año 1517, Lutero se convirtió en una potencia en Witemberg, lo mismo como predicador que como maestro. Había llegado a ser el predicador de la iglesia de la ciudad, desde cuyo púlpito predicó muchos sermones todas las semanas haciendo todo cuanto le fue posible para que lo pudieran entender los "sajones ignorantes". Llegó a ser un gran predicador

y, como todos los grandes predicadores, denunció los pecados prevalecientes y se lamentó de que las altas autoridades eclesiásticas hubieran presentado al pueblo una norma tan baja de moral; El día de Todos los Santos, Lutero clavó sus Noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia. Fue un procedimiento estrictamente académico. El profesor de teología de Witemberg, deseando dilucidar la verdad, ofrecía discutir, ya fuera de palabra o por escrito, el asunto de las indulgencias.149 Presentó noventa y cinco proposiciones o puntos de discusión que él se proponía mantener

Sin embargo, las tesis eran diferentes a la mayor parte de los programas de discusión académica en esto: que todo el mundo quería leerlas; se redactó un duplicado en alemán; se enviaron copias del original latino y de las traducciones a la imprenta de la universidad; y las imprentas no pudieron dar abasto a los pedidos que llegaron desde todas las poblaciones de Alemania.

Las Noventa y cinco Tesis tuvieron una circulación que, para aquella época, no había tenido precedentes. En poco más de dos semanas fueron conocidas en toda Alemania. Lutero quedó sorprendido por la forma en que fueron recibidas: declaró que no había tenido la intención de

determinar sino de debatir. La controversia que despertaron aumentó su popularidad. En las tesis, y especialmente en las Resolutiones, Lutero descartó de hecho las prácticas que el papa y la curia romana habían introducido en el asunto de las indulgencias desde principios del siglo XIII, lo mismo que todas las explicaciones ingenuas que los teólogos escolásticos presentaron para justificar tales prácticas.


 
 
 

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